Friday, June 20, 2014

Comentario del poeta dominicano Edgar Smith a la obra Poesía de Jeniffer Moore

Edgar Smith


Para hablar de Poesía de Jeniffer Moore me ha sido necesario leerle cuatro veces. Las primeras dos veces me ha movido exclusivamente una casual corriente hedonista. La tercera vez, he vuelto al libro casi involuntariamente. En un momento de libertad, he caminado directo al poemario y lo he vuelto a leer. Pero esta vez, me he sorprendido hurgando en él. Ahora voy leyendo con ojo crítico; voy creando conjeturas; tomando nota; paladeando frases; pretendiendo variaciones; sospechando motivos detrás de uno que otro poema. En ese momento nace la idea: Cómo sería escribir mi propio prólogo de este poemario? Luché contra la vanidad del proyecto por pocos minutos; luego me dejé vencer. Armado de luz eléctrica y de un highlighter, volví, por cuarta vez, a la lectura. En esta etapa, subrayé frases poderosas, imágenes sublimes, ideas lúcidas, vocablos desconocidos, metáforas creíbles...no puedo decir, sin embargo, que ha sido un proceso difícil. Poesía de Jeniffer Moore ofrece lo que a mi entender es una precisa cantidad de información. Hay muchos poemas, pero la cantidad no abruma. Al sostener el libro, el lector en potencia no le teme al tamaño de la obra. Y una vez iniciada la lectura, la gracia artística de lo ofrecido conduce al lector sin tropiezos a través del universo de versos creados magistralmente por la poetisa. Aunque es en su totalidad una obra que reside en lo excelso, naturalmente, la subjetividad desprendida de las experiencias de cada lector le arrastrará por un prisma de particulares interpretaciones; e inevitablemente, algunos poemas, más que otros, le arrebatarán el alma. Jeniffer Moore demuestra con delicada prolijidad poética que sabe arrebatarle a uno el alma. No estamos sólo ante una mujer que ha alcanzado la cima académica a nivel profesional, sino ante una mente brillante, intuitiva, de talento sobrado, y de obvias inclinaciones intelectuales hacia la estética alcanzable con la palabra escrita y a través de ella.


"...es la luz de la luna, sabes
este estar ebria de tu fuerza,
del susurro al oído,
de ese terco silencio
si me acaricias..."

La profundidad y la visión poéticas de la autora provocan en mí una especie de desdoblamiento astral. Si bien sostengo el libro, no es menos cierto que mi esencia está en otro lugar, uno que trasciende el estado físico del libro, que se ha creado en su interior, un lugar fantástico en el sentido más etimológicamente strecho de la palabra. No hay exageración alguna. Poéticamente hablando, sostengo entre mis dedos un banquete, un festín de arte y pensamiento. Carente de abalorios, o de excesivos barroquismos, la poesía de Jeniffer es un paseo visual y sonoro; una invitación a perderse en una fiesta sensual:

"El tiempo pasa, quitándole las hojas
a este libro de piel, que no has leído.
Llena tus ojos jíbaros
del tango entre mis piernas,
que el tiempo pasa
y mis labios palpitan
a punto de cosecha."



Uno tras otro, los poemas, breves o largos, designados algunos apenas con un número romano, y otros pocos con títulos acordes, socavan mis sentidos, dejándome cada vez más débil ante el alud de propuestas e ilusiones. Es una debilidad bienvenida, un dejarse llevar que ni he querido, ni he podido combatir. Jeniffer Moore le canta a la vida. Si dijera que Jeniffer le canta al amor, no mentiría, pero de algún modo, quizás subjetivo, estaría enmarcando la obra; limitándola, diría yo. Jeniffer se inspira en el amor para desmenuzarle. Para ir detallándole sin la repetida mención de su nombre. Para adentrarse en los vericuetos que le encienden, le aquejan, le complican...su pluma, confiada, se atreve por las rutas de la noche, de la naturaleza viva, del goce sexual sin una vez siquiera tropezar con lo banal o lo vulgar, como si se tratase de encuentros angelicales en lugar de terrenales, de carnales.

"Hoy tampoco será como quiere tu piel encendida..."

"…Necesito pescar en tu boca
cien peces de fuego,
atrapar tu deseo en mis manos
sin hundirme en la red."

Y cuando creí que había bebido ya toda el agua de aquel manantial, la pluma de Jeniffer alteró de nuevo mis impresiones. Si bien se inclina su voz más hacia la consecución de un orgasmo visual a través de la progresiva creación de poderosas, indelebles escenas de una simbología llana y natural que preceden lo erótico, pero que lo rozan con valentía y buen gusto, también persigue su avidez incansable de belleza un punto filosófico:

"Una se cansa de tanto laberinto
y se sienta a soñar
hasta que al fin, se pudran
las puertas, las ventanas
y sus barrotes."

Poesía de Jeniffer Moore es un libro que se rehúsa a concluir. Así lo percibo. Va de más a más, entregando en cada poema sensaciones interesantes, descubrimientos -tanto de fondo como de forma-, y giros inesperados que me han mantenido intrigado, preguntándome qué vendrá después.
Como es común en el cuerpo artístico de cada poeta, hay un conocido recurrir ideológico que arcanamente le define. No necesariamente en la terminología, como diríamos, por ejemplo, de Borges, cuyos espejos, puñales y tigres le señalaban; sino de una forma más general: El campo, el recurrir de las aves, las flores, la noche humanizada, el encuentro de amantes, la femineidad...y, más allá, una sumergida voz alterna, como la subconsciencia, susurrando con gran fuerza la otra cara de la moneda:

"...que no es lo mismo aquello que dejamos,
ni nosotros los mismos que nos fuimos."

"Casi medio siglo
de andar sobre la tierra
y aún no he criado alas como las aves
ni púas que me defiendan..."

Si bien es bello el producto acabado, la idea transmitida por la obra  es de ramificaciones filosóficas aplastantes. Jeniffer sabe hacer pensar y sentir a la vez, característica que a mi juicio la coloca en un peldaño superior en la escalera poética contemporánea.
Finalmente, recomiendo la lectura de Poesía de Jeniffer Moore con los ojos cerrados y el corazón abierto.
Todo amante de la poesía debe sentarse a solas y disfrutar de este libro con un buen vino y suficientes horas de ocio.  Advierto, es imposible leer algunos de estos poemas sin apartar, en un momento dado, los ojos del libro y, cavilando, mirar al techo, mientras el paladar se acciona, como si tuviera uno algo sobre la lengua, listo para saborearlo.
Yo, al menos, me sorprendí discutiendo símiles con una bombilla en más de dos ocasiones.

Edgar Smith.New York. USA. Octubre 19, 2013


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