Thursday, September 20, 2012

Dos relatos montañeses del Prof. Jorge Estrella (Tucumán, Argentina)


Tengo el inmenso placer de traerles hoy dos relatos inéditos del Prof. Jorge Estrella, desde Yerba Buena, Tucumán, Argentina. Espero que lo disfruten y si gustan, lo compartan con sus amigos que aman la buena lectura.
Cerro Aconcagua - Imagen de Google
1 -  Largo silencio

Era la hora del atardecer en que "las sombras hacen que se pisen los lugares sagrados". La montaña tenía una extraña solemnidad, había un silencio sin viento, el aire no parecía acariciar a los árboles sino contenerlos en la expectativa. Una garúa finísima era también otra forma de la quietud. Llegué a la gruta de la Virgen, ardía una vela inmóvil en el nicho. Los estragos del vendaval, que días atrás había taponado ese río con lodo, arena y piedra, parecían ahora una foto sacada de su orden fílmico. Sentí que mi esfuerzo, mi corazón apresurado, no encajaban ahí.
¿Soy yo quien está habitado por esos rostros invisibles, por esas intenciones sin manos? ¿O eres tú, mundo, el dueño de esas presencias presentidas? Amo y temo tu largo silencio.
En el regreso me fui asimilando a ese paraíso habitado de quietudes animadas y callados decires.
Vi algunos lugareños que trepaban las sendas hacia sus casas. Su andar no tenía el ánimo diurno.  Pensé que ellos saben de lo que hablo.
  
Prof. Jorge Estrella y su hijo, Prof. Javier Estrella

2 - Cordillera

El agua trota encrespada de espumas. Caballada desbocada en el descenso, sus crines blancas salpican los bordes altos de una roca erguida en el centro del río. No es murmullo sino latigazo estrepitoso el suyo. No son habladurías de oleaje en un lago: más bien testimonio de la urgencia feroz que lo empuja hacia la llanura del mar. Desde muy arriba, entre  las grietas de los farellones, hay agua que se reúne presurosa y cae por el aire en cascadas que de lejos parecen lentas cabelleras de sauce nimbadas de un arco iris pronto a alterarse con el viento en otra ondulación que remeda al agua.
No hay cielo más amplio y limpio que éste estrechado por el filo de  piedra en la alta cordillera. El ánimo puede dilatarse en ese espacio prometido, o empequeñecerse ante el hostigamiento de cerco que la montaña ejerce sobre la quebrada. Hondura de víscera y ventana al cielo abierto, encierro y libertad: escoja la opresión o la voluntad voladora de su alma en ese infinito sugerido arriba, en ese cielo recortado por la ceja  de piedra viva abajo. Honduras y alturas brutas. El cóndor ha elegido los cielos, pero desciende a devorar las víctimas del despeñadero. Los pájaros menores vuelan a ras del suelo, temerosos del viento que los atropella y arroja contra las rocas. También la ruta se defiende con cobertizos para contener hielos, derrumbes y nevadas. Y  hay restos de camiones y vehículos despeñados que los cóndores no buscarán.
¿Abrirse al cielo es el motivo para emprender la ruta de las alturas? Cabalgar una bicicleta y trepar a golpes de pedal ese ascenso sin tregua  hasta Las Cuevas y desde allí continuar a Mendoza, ¿para qué? Trescientos ochenta kilómetros de montaña hay entre Santiago de Chile y Mendoza. El ascenso, durísimo, comienza en Los Andes. Y faltan desde allí setenta y  cinco kilómetros para la cima. ¿Lo hicimos para explorar los propios límites, tal vez? ¿Pero acaso no sabemos que "no hallarás los límites de tu alma caminando en cualquier dirección, tan grande es su medida" (Heráclito)? Tal vez sea antojo del alma explorar los pobres límites del cuerpo, que vaya si los tiene. El cuerpo se resistirá a la embestida de la voluntad. Amagará calambres en las piernas, endurecimientos en el cuello, adormecimientos en ambas manos. Y pedirá agua una y otra vez. Unos cinco litros consumimos cada uno de nosotros en cada uno de los casi tres días que nos llevó recorrer el exigente camino que emprendimos el pasado febrero con mi hijo Lucas y dos de sus alumnos, Gonzalo y Pedro. Y uno se asombrará al comprobar que, pese a todo, con sólo diez minutos de reposo, líquido y algún caramelo, el cuerpo reaccionará y estará listo para seguir, como esos perros fieles que trotan junto al caballo de su dueño. Sólo un descanso breve hicimos para cubrir el muy empinado tramo de diez kilómetros  por los Caracoles. Y un último más antes de llegar al túnel que cruza la frontera. Hay fatiga, pero no agotamiento; un estado de sufrimiento físico consentido acompaña al esfuerzo, pero no es dolor.
La nieve en las cumbres, el nacimiento inocente de los ríos Aconcagua y Mendoza deslizándose a cada lado del lomo cordillerano, el paisaje siempre igual y siempre distinto en cada escorzo, el ventarrón frío en las quebradas, la tormenta de agua que nos empapó pero no nos detuvo saliendo de Uspallata, el aire montañés que nos secó luego, la oscuridad de los túneles, el tráfico veloz de camiones enormes que parecían querer sacarnos de la ruta, la soledad de páramo, el Sol inclemente, todo eso era el entorno donde la voluntad  imponía el yugo del esfuerzo a su cuerpo. Y ambos terminaban aliados en el envión hacia los cielos. Y festejaron juntos en Mendoza la alegría de haber cumplido el recorrido.

Jorge Estrella
Yerba Buena – Tucumán
Argentina 

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