Saturday, May 28, 2011

Juan Benzo González, una voz que se alza desde el confín austral de Argentina.



La carga

El Encarnación hizo las artes. Él mordió el plomo y tiró despacio y firme girando para abrir la bala y con el mucho cuidado de las cosas preciosas y la lentitud de lo consagrado, sin temblores ni dudas la acercó a la botella, y como quien suelta la ceniza del pucho descargó la pólvora en la caña contrabandeada, castigándola con el único dedo que no sujetaba el bronce.

Los demás ya sabían qué sucedería. El Ángel se rió por anticipado y siguió picando ñaque. Él era muy zorro y se reía guaso como zorro y esa risa movía algo que no tenía nada que ver con la alegría. El Juan, que ya venía bebiendo de la primer botella, pensó en el grito de un chimango. Que como un chimango anunciaba su desprecio por la muerte y por el orgullo y el Ángel le pareció más sucio que de costumbre. Carroñero y despreciable.

Se ocupó de seguir con la mirada el facón opaco y sin vaina cortando pelo a pelo la cuerda reseca de tabaco. Eso si lo sabía hacer bien. Lo que era vicio si lo hacía bien. Eso y la alcahueteada. De trabajar nada, nunca nada. No entendió que hacían escuchándolo y atendiendo sus razones. Era la ruina él y todo lo que de él resultara, pero se había hecho prestar oídos y ahora el Encarnación, más inescrutable que nunca, dijo que esta noche lo arreglaban todo.

Imaginó que de seguir adelante iban a terminar como “el chusco”, pobre pingo. Sintió pena por el caballo ajeno y su voluntad avasallada. Él vio cuando el Ángel le roció hasta los ojos de caipirinha para que aprendiera a no relinchar y lo encendió con el yesquero riendo con rencor por el animal. Estaba bien que el animal era suyo y que no debía hacer ningún ruido jamás, pero la mancha blanca del ojo arruinado conservaba el horror vívido de ese trance y lo acusaba de haber dejado las manos libres del Ángel, que siempre tenía algún rencor por los vencidos o los indefensos.

Cuando entró Yamandú, Encarnación le alcanzó la botella y explica que el Ángel dice que lo vio al Camundá en lo del tano hablando con el milico Zelmar y dice que lo escuchó como le decía por dónde pasábamos el contrabando y cuándo. El Juan lo oye otra vez, y se le viene de nuevo todo otra vez, la sorpresa de la voz de alto, las puteadas, la fuga, los tiros, la carrera en el monte de pronto desconocido y de pronto enemigo; y perdida la carga toda, tener que dejarlo al Obdulio atrás, juntarse después para saber que lo habían sacado de abajo del caballo que se había mancado y le rompió una pierna, que iba al hospital para caer a la cárcel en donde se lo iban a olvidar.

Tener que soportarle la mirada a la María con los gurises prendidos a la pollera, era brava la mujer esa y los iba a culpar, aunque no dijera nada los iba a culpar de quedarse sin la plata y sin el caballo, y sin la carabina ni el hombre que la ampararan. Lo miró más mala que el perro y se tuvo que joder como si fuera fácil tenerse que joder porque una mujer lo mire feo a uno. Tampoco se iba a cargar a la familia del Obdulio, les arrimaría una vaca o un par de capones para que fueran tirando pero, si era muy generoso las malas lenguas lo pondrían de punta con el preso y era candidato para la desgracia.

Hasta seguro que la Mercedes lo mirará en silencio cuando sepa de la vaca o los capones y aunque no diga nada será un dolor y un rencor que aflorará tarde o temprano hecho reproche en una discusión con silencios y llantos con los que no sabrá que hacer.

El Encarnación agitó el líquido turbio en el que llovían los cristales fulminantes llamando a la rabia delante de su cara y el Juan tomó la botella por el cuello y sin limpiar el pico empinó tragos horribles. Apretó los ojos y los labios y alejó la bebida de sí, devolviéndola, pasándosela a otro. La respiración retornó avivando el incendio que lo recorría por dentro y lo estremecía.

Tosió ahogándose y la boca se le llenó de babas, carraspeó y escupió una bocanada de mocos y saliva; sólo entonces pudo ver de nuevo al Encarnación que lo miraba y en los ojos rojos del que hacía las artes adivinó los suyos rojos de su sangre y de la sangre por venir.

-¿El Camundá batió?- Aún así de borracho, Juan no lo imaginaba al Camundá delatando a los amigos.- ¿Cómo va a ser si nostaba en la cosa? ¿Al pedo iba a batir el Camundá? –

Encarnación lo mira desde una altura y una distancia que parecen venir de la borrachera poderosa que lo toma como una garra de aguilucho por la frente y apreta anulando toda razón. La propia respiración le resuena en toda la cara y susurra en las sienes como el retumbar de una marcha que concluiría únicamente cuando el traidor dejara de respirar. Abrió la boca buscando otro sonido, pero el ahora jadeo, en vez de compás de amor, es uno que llama a muerte.

Quedó escuchando y vio al Yamandú derrotado y no imaginó sí por la bebida o por el nombre del delator. No podía ser Camundá si el Camundá era gente de farra y macanudazo el hombre, ¡las veces que les dio pase por su campo sin pedir ni preguntar nada, si hasta caballos prestó! No podía ser, sabía que no la iba en nada y no lo imagina en componendas con los únicos cuarto milicos astrosos a los que se les ocurre vigilantear en toda la frontera.

¿Para qué?

Se le vacía el pecho de todo su aire y parece que con el aire se le va el piso. Vuelve Encarnación y le ofrece otro trago que parece de piedras. Hace un gesto con la botella ya casi vacía y de a uno se incorporan y van saliendo, Yamandú, el Ángel, Encarnación y los hermanos Suárez, con él la partida es suficiente para ir a buscarlo y hacerle pagar por la suerte del Obdulio, sacarlo de la casa si es necesario y hacerle pagar.

Los caballos están más esquivos que de costumbre, los estribos más altos y las riendas más largas. Cae sobre el lomo como si hubiera caído al piso y se golpea, el dolor apagado le produce un escalofrío que le recorre la espalda. El Suárez Chico se adelanta y aunque Juan intenta el mismo rumbo el caballo insiste en llevar al borracho de vuelta a su casa. Finalmente, como si hubiera entendido, con una carrera corta “Caña blanca” se pone en el final la columna y el jinete se desentiende, se ensimisma en su enardecimiento y se imagina hablando con Obdulio explicándole que está pasando y cómo lo van a vengar y en su imaginación aparece la familia de Camundá y su entusiasmo y su violencia se disipan. Se le impone la vergüenza casi como se imponen las sombras de la noche al atajo recorrido.

Una nausea se le trepa desde el estómago y el Juan vacila sobre el lomo del animal y amaga caerse. Reacciona como quien despierta justo para atajarse y el caballo gira en torno al jinete medio caído y medio colgando, hasta que enfrentado a un matorral el animal se detiene y es el tiempo de Juan de asujetarse como puede y de talonear al “Cañas blancas” para que retome su marcha, y queda de nuevo a la cola de la columna.

Necesita despertarse de alguna manera y en ése afán saca el cuchillo y muerde la hoja con todas las fuerzas que puede encontrar y siente como se le hunden los dientes. Asombrado, se saca el cuchillo para buscar las marcas de los dientes en la hoja y la escasa luz le oculta la visión. Ahí anda de ceño fruncido mirando un cuchillo en la penumbra cayéndose de la cabalgadura, cuando traga y descubre el sabor abundante de la sangre bajando por garganta y recomponiéndolo de sus padeceres.

Allá adelante lo están matando al Ángel. Tira de las riendas y mira de nuevo y ve como al Ángel lo apuñalan de los cuatro costados y cómo ya ni se ataja. Los ve limpiar los cuchillos en las ropas del caído que da el alma entre estertores y esperar que acabe para arrastrar el cuerpo y tirarlo a un pozo abandonado en el que jamás se volverá a beber y se acerca.

Encarnación lo mira y le dice que tenía razón en creerlo inocente al Camundá, que el Ángel avisó a la milicada y que lo inculpó al Camundá porque lo había corrido de encontrarlo hablándole a la hija grande y le había dejado el lomo a la miseria de tantos lonjazos que le bajó. Ladino como era quiso quedarse con la parte del matute que le regaló el Zelmar y con la hija del Camundá, lo que no imaginó que el Zelmar por muy milico que fuera no iba a dejarlo hacer semejante macana y como quien no sabe con quien está hablando le dio a entender al Yamandú de que se trataba la tramoya.

Y que como no le quiso creer le dijo:
- Ya va a ver vo si el Angelio ése no te lo manda preso al Camundá-
- ¿Y se pude sabé que me decí eso ahora?-
- Yo seré milico todo lo milico que quiera, para eso me paga el gobierno y me da arma y l´uniforme y l´autoridá, pero en ninguna parte ta´scrito que por eso sea ansí de mundicia. Yo no sabia que quereiba el entrañudo ése a la final.-

Se alegra el Juan de que sea este el fin de esta andanza y no el otro y sonríe aliviado hasta que el Encarnación le alcanza las riendas del “Chusco” ya despojado de todo y le dice una palabra sola:

-Despenalo.-
-¿Despenarlo?-
- Si, despenalo al desgracia éste bien lejos.-
-¿Por qué tengo que despenarlo al pobre desgracia?-
- Porque el bobeta de miércoles va a volver ande lo enterramos al dueño y lo van a encontrar-

Calla Juan y piensa que tiene razón, los demás encima del cuerpo tiraron todos los arreos y las ropas y, además, todo lo que está suelto y más o menos cerca. Piedras, ramas, tierra pastos, cualquier cosa.

El “Chusco” como si supiera la suerte que lo espera no se la hace fácil, desde el momento en el que Juan toma las riendas el animal se encabrita y resiste.

-¿Por qué yo?- Encarnación se levanta apenas el sombrero:
- Nosotro matamo al otro.- Juan ya no discute y elige un rumbo cualquiera, alejándose del pozo, de las casas y de Camundá. Anda toda la noche y busca palabras y ni se le ocurren ni sabe para que sea que las busca. Además, está todavía muy intoxicado y ya no tiene ganas de matar a nadie ni siquiera de hacer otra cosa que no sea rumbear para su rancho y dormir con la Mercedes, piensa que la Mercedes debe estar tibia y le debe oler fresco y limpio el pelo y tal vez, si usó una flor todo el día hasta tenga ése olor en la cabeza.

La luz del amanecer le entra en los ojos dura y destemplada. Debe ser por esta luz que a esta hora afusilan los soldados piensa Juan y piensa en voz muy baja que debe ser por eso que de noche matan los bandidos.

Se detiene y mira al condenado. El “Chusco” lo mira con el ojo sano y se aleja hasta donde le dan las riendas. Juan mira las ramas desde donde los pájaros del monte hacen la música de siempre, nunca tan inoportuna o inapropiada como ahora.

- Mire pingo bobeta, yo no tengo nada contra suyo pero el pavo es usté.- El penado lo apunta ahora con el ojo velado y esa niebla nubla su sentido del deber.

- No me la haga más difícil che caballazo.-

Obediente, el sotreta baja la cabeza y haciendo los ruidos del caso muerde arranca y rumia tres veces cada bocado de pasto recién amanecido con el sonido hueco que hacen al comer éste y todos los caballos desde que son caballos.

- Si usté me prometiera.- Ahora el pavote y el bobeta era él. No había forma que el sotreta le prometiera nada. - Mire, l´explico pa´ que aprenda, - y le habla al caballo que sigue comiendo como quien dicta sentencia - no hay que andar siendo tan culo de naides, si se hubiera dejado un poco de libertá y de orgullo yo lo largaba, pero usté es culo y a los culos cula suerte. ¿M´entendió?.-

Alza la cabeza el “Chusco” y Juan desenfunda. El “Chusco” curioso besa el arma y Juan alinea con el largo de la cabeza larga del animal y dispara. El “Chusco” saca la cara como arrepentido pero tarde e inútilmente. Se desploma y trata de correr con las patas en el aire en una carrera que termina con un segundo disparo.

Avergonzados, los pájaros se callan y el Juan descubre aliviado que él no era como el Ángel, y que no tenía guardado ningún rencor ni por los vencidos ni por los indefensos.


Sé todos los cuentos


I

  
Me contaron que nací en diciembre. Un diciembre. Que mis padres esperaban que naciera para navidad o para año nuevo pero que me conformé con nacer un sábado. Yo les hubiera creído el cuento de nacer en navidad, como les creí el cuento de haber nacido en sábado, llamarme Juan o cualquier otro cuento que me hubieran querido contar. Para cuando tuve edad de entender estas cosas elementales y había asumido el hecho que había nacido el día equivocado aunque ninguna intención tuve de hacerlo, mi padre falleció y aunque no recuerdo el funeral, recuerdo una fogata que mi madre hizo con las que me enteré después eran casi todas sus cosas y entendí el temor que sentí de ser arrojado a las llamas entonces.
La casa se hizo algo así como el lugar de encuentro de pobres mujeres afligidas que suspiraban acompañando a mi madre en su dolor recitando fórmulas de consuelo y asintiendo levemente con la cabeza. Una en particular me señalaba y gritaba: "¡Miralo, pobrecito, es igual al padre!" Así me enteré que iba a morir algún día, y que si los deseos de esa mujer se hacían realidad, ese día era cercano. Claro que era muy niño aún, pero de todas formas elegí las más grandes cucarachas que encontré en el sótano y acercándome por detrás las liberé furiosas caminando por las medias de la mujer preocupada por mi muerte, mientras aún las tenía puestas en las piernas regordetas y orientadas arriba, más allá de los límites impuestos por la pollera. Después de los gritos, mi madre me sentó y con la misma cara de escuchar aflicciones me preguntó que por qué le había hecho semejante cosa a la pobre que casi se muere del disgusto.
Todavía siento colgar mis piernas de la silla demasiado alta para mí y recuerdo quedarme un minuto en silencio, y aunque no era sábado ni había fuego, y aunque el intento fue tan infantil como los pantalones cortos o el deseo de ir a jugar, ése día empecé a inventar cuentos.


II


Verónica me invitaba a tomar café y siempre conversábamos de cualquier tema, el punto es que tenía la opción de hacer una escala técnica en su casa en cualquier momento y cada vez había una tregua para atenderme.
Esa tarde y sin ningún motivo aparente, en lugar de quedarme esperando el café la seguí mientras preparaba las tazas solamente para ver cómo a mi taza, la azul, secretamente le agregaba unas gotas de un frasquito.
Claro que se hizo un momento engorroso, sospechando no sé qué, señalé mi taza y pregunté qué era eso. Verónica titubeó antes de responder y eso ya era una respuesta. No la dejé terminar y la interrumpí con una risa. Lo que fuera estaba en el fondo de mi taza sin café y para su horror la levanté hasta mi nariz y la olí.
Juro que dudé, pero el olor era tan característico que me sorprendió. La cara de extrema vergüenza me lo confirmaba, pero de todas formas derramé un poco del líquido en el borde del dedo mayor de mi mano izquierda y lo volví a husmear más cerca de mi nariz, siempre mirándola a los ojos. Ella estaba paralizada, la boca entreabierta y la cara de cualquier color.
Estuve a punto de preguntar el por qué, pero de pronto era tan obvio que me sentí un completo estúpido.
Ponele un poco más, dije mientras me sonreía y Verónica se transformaba ante mis ojos. La ayudé a completar las gotas sin dejarla hablar, en esos momentos todos los diálogos sobraban. Yo mismo puse el café en la taza y pedí más azúcar en lugar de las dos cucharaditas de siempre.
Me tragué el café en sorbos rápidos, siempre mirándola a los ojos pero algo ya no estaba funcionando. Verónica no era vulnerable y oponía una distancia desconocida. Había bajado los ojos y se esforzaba porque los míos no los volvieran a encontrar. Me tragué sus fluidos porque también la quería, pero de la misma manera que ella no supo dejarme adivinar sus sentimientos, tampoco pudo interpretar mi gesto.
Ahora sabía su secreto, ya no tenía poder sobre mí, y de pronto ella me debía algo que siempre quiso regalarme. Una deuda que no quería asumir.

  
III

Nos despertamos, mi madre y yo frente a los ruidos de abrirse la cerradura del altillo y los pasos bajando la escalera.
Nadie de la casa durmió nunca en mi infancia en el altillo de pronto habitado y aterrante. Entonces mi madre y yo nos agrupamos como pudimos frente a la escalera y ante la oscuridad ella preguntó ¿Quién está ahí?
 La mano izquierda en el pecho y la derecha reteniéndome.
 La oscuridad persiste y no responde, hasta hubiera preferido que alguien hablara o bajara, a pero no, el silencio despreciaba la angustia desatada ante los pasos. ¿Quién está ahí?
 La escalera aparece iluminada hasta la altura del cielorraso, más allá no es posible distinguir nada. Pero que los dos estemos despiertos y al pie de la escalera confirma que escuchamos los mismos pasos y el mismo rechinido de la cerradura reseca. ¿Quién anda ahí?
 Mucho tiempo me tomó entender que el silencio era la peor respuesta posible, frente al silencio nada podemos resolver, quedamos solos con nuestros terrores. ¿Quién anda ahí?
 Niño aún empecé a subir la escalera, decidido a abrir la puerta y enfrentar la noche, pero mi madre me retuvo tomándome de la ropa.
 Niño aún me impulsaba la esperanza de la magia, de lo sobrenatural que asomaba en las lecturas que poblaban la biblioteca familiar. Demoré una vida en volver a ese momento y develar sus miedos y sus sueños rotos, comprender que ella había abandonado toda esperanza.
 A pesar de que los dos nos despertamos alarmados por el avance de los pasos invasores –tal vez para ella yo era parte de su sueño interrumpido-  decidió que volviéramos a nuestras camas a dormir, sin saber qué nos había sobresaltado.
 Esa noche aprendí que de las muchas cosas que heredamos, convivir con los miedos y dormir a pesar de ellos es algo con lo que nuestros padres también nos alimentan.



Carla

¿Te conté cómo me la levanté a la Carla? Yo sabía que la Carla era la amiga de Yolanda, y me gustó desde antes que ella me conociera. Así que una tarde me la senté con la Yolanda a conversar y le saqué que le gustaban esas cosas raras de los horóscopos, que andaba revolviendo los esoterismos y las metafísicas, flores de baj y propóleos, que se enganchaba con el tema y ahí nomás me estudié lo que encontré y le dije a la Yola que organizara una juntada, cumpleaños de no sé quién.
La encaré de una y antes que se lo esperara, ahí nomás, le adiviné el nombre y los gustos y la fecha de nacimiento y le mandé el verso que quería a un papá más que al otro y que había perdido a alguien cercano que le había producido mucho dolor y cuando estaba fascinada me jugué entero. ¿Querés que te adivine la suerte? Pedimos un mazo de barajas y adivinamos juntos.
Un nombre corto, con predominio de la letra “a” y un sonido fuerte. Alma… no, Alma no tiene ese carácter, debe ser Carla. Queda de una pieza, claro, la miro y le digo ¿Acuario? Y cuando ni respira remato: ¿Primer decanato? Entonces te gusta el chocolate amargo y las frutillas con crema. Para colmo el mazo que me traen es de póquer y casi me muero, ni se me había ocurrido adivinarle la suerte a nadie con un mazo de póquer.
No viejo, no, ¿Vos sos o te hacés?  no tengo ni idea de cómo se adivina la suerte de nadie ni con las cartas ni con nada, yo quería tener una historia con ella porque me tenía loco y punto.
Bueno, hice lugar en la mesa, barajé, tragué saliva y le dije que cortara con la mano izquierda. Soy zurda me dice y yo que le había adivinado hasta la fecha de nacimiento esa no la tenía. No importa, le dije y cortó. La fecha de nacimiento me la dijo la Yolanda, paparulo.
Primer carta y me acuerdo así tal cual el ocho de espadas. Ella me miraba y estaba casi encima de la mesa y no se me ocurría nada. ¿Qué quiere decir? Me preguntó y yo le estaba mirando el escote. La carta de la tristeza, no sé por qué pero se me ocurrió decir que era la carta de la tristeza. Yo estaba triste porque tenía ahí nomás los ojitos mirándome y la boquita abierta para mí y le respiraba el aliento y un poco más allá el escote y te da como tristeza, la miré a los ojos y ella esperaba que siguiera, iba bien. La tristeza es producto del desencuentro. ¿Ves que una sola contradice a las demás? Todas las espadas apuntan para arriba menos una. Quedó dura, mirá, ni respiraba y yo le di máquina.
                Son espadas, no son las espadas de la baraja española pero son espadas. También le dicen picas, corazones, diamantes, tréboles y espadas. ¿Todo te tengo que explicar? ¿ Vos nunca jugaste póquer vos?
Al toque sale el as de trébol así que recuperé entusiasmo y le dije que era la carta de la alegría. Ella puso cara de mirá que bien y seguí sacando esperando que aparezca alguna de corazones. ¿Por qué son tantas cartas para la alegría y una para la tristeza? Me preguntó y me dejó sin asunto, casi me levanto y me voy, en eso me acordé de algo que leí en un almanaque y respondí que la tristeza es una sola porque siempre es la misma, pero la alegría es innumerable como el pasto, ella abrió la boca así que abundé, es innumerable como las hojas en el otoño o las florecitas en la primavera.
Ni idea de qué es eso de que la tristeza es siempre la misma, déjame contar.
No, pará no te rías que esto así contado no es nada, nunca me jugué así a las cartas. As de corazones y le adelanto como quien hace precio, te vas a enamorar. Y entré a sacar de a una a la espera de una K, un rey y no pasaba nada.
Si, yo hablando de florcitas florecitas, con tal que la Carla me llevara el apunte cualquier cosa. Como quince cartas y nada. Y ella que me pregunta por qué tantas cartas. Y que le digo que eran las muchas dudas del amor, y que cuáles eran esas dudas y que la primera es si el otro te ama, y que la última si vas a sufrir cuando todo termine. Antes de encontrar el rey ya la tenía, ella me miraba con unos ojos para toda la vida y con un dedo apoyado en los labios, doy vuelta una carta más y era el rey de corazones. Puse la mejor cara de póquer de mi vida, me le acerqué y le dije, que de un mago.
Ella dudó y nunca la vi tan linda
“¿Cómo que de un mago?” Me dice y le mandé la frase preparada para la ocasión: “Te vas a enamorar de un mago” y la Carla me creyó.
Al rato andábamos a los besos y al otro día de novios y haciéndonos mimos todo el tiempo nos olvidamos de las cartas y todo lo demás. O eso creía yo, mirá que a todo esto nos casamos, nació el Fabián, la Ercilia y yo fui el tipo más feliz de la tierra.
¿Qué cuál es el chiste? El año pasado llego a casa y me la encuentro a la Carla tirándole las cartas a la Yolanda. Y la miro a la Yola que se había levantado a saludar y le pregunto que desde cuándo la Carla le tiraba las cartas y me dijo sin pensar que desde siempre.
¿Cómo que desde siempre? Le pregunté y la Yola abrió la boca para responder y se empezó a poner colorada. La miro a Carla y me miraba otra vez con un dedo en la boca, pero esta vez se lo mordía. Ni respiraban. Vos no te podés imaginar, de pronto se miraron las dos y se empezaron a reír de mi cara, las muy turras se habían estado riendo de mí cada vez que podían.
Yo no sabía cómo salir de esa y viene la Carla y me besa y me acaricia y me dice que si la perdono. Sin parar de reírse y yo me tuve que reír también. Además, me había abrazado y cuando me abraza y se para en puntas de pie me pone el cuello a la altura de la boca. Y me puede. Bueno, en realidad me pudo desde siempre.
¡Qué guacha!



Juan Benzo González
(Ushuaia, Argentina)
juanbenzo@hotmail.com

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